Cuando John cumplió los veinte años de edad, su hermano
William dirigía con éxito una escuela de anatomía en
Covent Garden. En esa época John Hunter, con una formación
escolar muy pobre, le escribió a su hermano que
ejercía la cirugía, practicaba la ginecología e impartía clases
de anatomía pidiéndole trabajo, siendo aceptado por éste
en septiembre de 1748 para realizar disecciones, dudando de
la capacidad del joven Hunter, pero éste mostró una aptitud
natural para el trabajo, interés y una insaciable curiosidad. Sus
buenos resultados le valieron la posición de asistente. William
le enseñó el arte de hacer preparaciones anatómicas, y más
tarde utilizó sus servicios en la enseñanza. John permaneció
once inviernos en el laboratorio anatómico de su hermano,
donde no sólo aprendió anatomía sino también los hábitos de
los “resurreccionistas”, individuos inescrupulosos que, a falta
de normas legales adecuadas, suministraban a las escuelas de
anatomía el material de estudio. Los cadáveres que llegaban
a la trastienda de los Hunter provenían de distintas fuentes:
de las manos del verdugo, de oscuros callejones donde la víctima había sido asesinada, de sepulturas acabadas de abrir,
o de ataúdes aún no inhumados. Cuentan que Byrne, un
joven gigante conocedor de que Hunter tenía la esperanza
de apoderarse de sus restos a su muerte, al tener problemas
de salud hizo preparativos para ser sepultado en el mar en
un féretro de plomo, pero uno de los “resurreccionistas” de
Hunter pudo sobornar a uno de los guardias de la funeraria,
con lo que el imponente esqueleto pasó a formar parte de la
colección de Hunter y aún puede admirarse entre sus restos.
Su casa de dos fachadas en Leicester Square, atendía por la
principal a los ricos clientes durante el día, y por la fachada
trasera, que daba a un callejón, los “resurreccionistas” entregaban
los cadáveres para su escuela de anatomía. Esto
inspiró a Robert Louis Stevenson a la hora de escribir El
extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.
En el verano, cuando el calor hacía imposible la disección,
John Hunter estudiaba cirugía, primero con William
Cheselden en el Hospital Chelsea, entre 1749 y 1750, y luego
con Pott, en el Hospital St. Bartholomew, en 1751. Con ellos
visitaba las salas, observaba las operaciones más importantes
y aprendía las virtudes de la simplicidad en la terapéutica y
de la no interferencia en el proceso de cicatrización. Tuvo
el honor de recibir, simultáneamente con el ya famoso Pott,
el grado de Maestro de Anatomía de la Cooperación de
Cirujanos, en 1753.
En 1754 ingresó en el Hospital St. George como alumno
de cirugía. Al año siguiente, a insistencia de su hermano,
ingresó en St. Mary’s Hall en Oxford, pero su aversión hacia
la educación formal se impuso y a los dos meses retornó al museo anatómico. En 1767 Hunter fue nombrado miembro
de la Sociedad Real y en 1768 fue electo cirujano del Hospital
St. George, posición que retuvo hasta su muerte, veinticinco
años después. En ella se le permitía tener alumnos, y no menos
de 449 jóvenes lo tuvieron como maestro, muchos de ellos
destinados a la fama. El más celebrado fue Edward Jenner,
quien se hizo su amigo y colaboró con él en el estudio de las
ciencias naturales, y le dió a la humanidad la vacuna contra
la viruela. Fue cirujano del rey Jorge III de Inglaterra (1776),
subdirector cirujano del ejército (1786) y cirujano general
del ejército (1789). El siglo XVIII fue de gran trascendencia
para la cirugía: ésta se convirtió en una técnica, y la profesión
de cirujano pasó a tener rango universitario. En 1780 tuvo
una amarga controversia con su hermano, respecto a quién
había descubierto la verdadera estructura de la placenta, que
los mantuvo alejados hasta la muerte de William, debida a
tuberculosis, en 1783.
En 1785 efectuó una intervención nueva y de avanzada
para la época, ésta fue realizada en un aneurisma de la arteria
poplítea, al ligar la arteria por encima del aneurisma y dejar
que la circulación colateral irrigase la pierna, idea concebida
en sus experimentos con animales. En 1788, con la muerte
de Pott, se puso a la cabeza de la profesión en Londres. Fue
objeto de numerosas distinciones, y en 1790 fué nombrado
cirujano general del ejército británico e inspector general de
hospitales.
En su época no se sabía si la sífi lis –enfermedad cuyo
tratamiento estaba en manos de los cirujanos– era consecuencia
de un contagio animado o de un veneno. Tampoco
se tenía claro si la blenorragia y la sífi lis eran la misma cosa o
dos entidades distintas. Hunter se inoculó pus gonocóccico,
sin embargo, éste procedía de un sifilítico ignorado. No sólo
adquirió la sífi lis sino que llegó a la falsa conclusión de que
las dos enfermedades eran la misma. De esta manera, desde
entonces se llamó chancro duro o de Hunter a la úlcera que
constituye la lesión primaria de la sífilis.
Hunter fue un cirujano práctico como el resto pero a la vez
fue un científi co. Su fervor hacia el empirismo se expresa muy
bien en una de las cartas que dirigió a Jenner. En ella le decía:
“¿Para qué pensar?, ¿por qué no ensayas el experimento?”
Dentro de sus múltiples trabajos de investigación en
medicina se encuentran la descripción del gobernaculum testis,
el estudio y la clasificación de los dientes, la introducción de la nutrición artificial por sondas flexibles orogástricas, la
descripción del canal de los aductores, la colocación de ligaduras
arteriales femorales para aneurismas poplíteos. También
descubrió la velocidad de sedimentación globular: “Tomé el
suero de sangre inflamatoria con algo de la parte roja y también
suero de sangre libre de infl amación y las agité al mismo
tiempo, después las dejé reposar y observé que los glóbulos
rojos subsidian mucho más rápido en la sangre infl amatoria
que en la otra”. Este descubrimiento fue revalorado hasta el
siglo XX.
Los mayores aportes a la ortopedia fueron a partir de
dos experimentos donde demostró que el hueso crece por
dos procesos simultáneos; primero, que las arterias llevan
nutrientes que ensanchan la corteza exterior y que la reabsorben
(osteoclastos) al mismo tiempo estrechando al hueso de
la corteza interna para que su forma permanezca igual aún
después del crecimiento.
Este experimento fue debido a que en 1736 John Belchier,
un jóven alumno, comentó en una cena que el hueso de su
chuleta de cerdo estaba teñido de rosa y cuestionó a su maestro.
Para demostrarlo Hunter alimentó a dos cerdos por dos
semanas con planta de rubia cuya raíz contiene el colorante
alizarina, de color rojo intenso, y a otro de control sin rubia.
El primer cerdo fue sacrifi cado a las dos semanas y se observó
que la corteza externa de los huesos largos estaba teñida de
rojo, al segundo cerdo lo dejó de alimentar con rubia por las
siguientes dos semanas y fue sacrifi cado, la corteza externa
de los huesos era de color normal, pero la interna estaba
teñida de rosa.
El segundo proceso de crecimiento que describió fue
que el hueso crece en longitud por posición de nuevo hueso
en sus extremos, proceso que demostró en otro experimento
donde realizó dos perforaciones separadas por una pulgada
en la diáfi sis tibial de un cerdo inmaduro y colocó una cuenta
de metal en cada orificio; a su madurez, los animales fueron
examinados y la diferencia medida entre ambos orifi cios permaneció
de dos pulgadas, sin embargo la longitud del hueso
había aumentado considerablemente.
A través de sus experimentos demostró que el proceso de
curación de una fractura iniciaba con un coágulo de sangre
extravasada entre los fragmentos de hueso, seguido de una
invasión de vasos sanguíneos al intervalo, y la formación de un
tejido nuevo, similar al tejido circundante que une los extremos óseos. Mostró que este nuevo tejido se convierte en cartílago
y fi nalmente en hueso. En fracturas expuestas, la sangre entre
los fragmentos escapa al exterior y es seguida por supuración
y granulación con una curación lenta.
En otros experimentos, el hueso de diferentes especies fue
necrosado con un cauterio y observó que la parte calcifi cada
del hueso vivo adyacente al hueso necrótico fue absorbida,
pero el hueso muerto no se descalcifi có. El área entre el hueso
vivo y el muerto se transformó en tejido mucilaginoso y,
finalmente, la parte muerta del hueso se separó y fue expulsada
sin haber sufrido cambio alguno. “Cuando un pedazo de
hueso se muere absolutamente, es para la maquinaria animal
como cualquier cuerpo extraño y se adhiere solamente por
la atracción de la cohesión a la maquinaria. La primera meta
de la maquinaria, entonces, es deshacerse de esta cohesión y,
fi nalmente, del hueso muerto”.
Igualmente, habló del concepto de la reeducación muscular
necesaria una vez que se ha producido la consolidación
ósea: defendió la práctica de la movilización precoz, mediante
ejercicios activos, después de las enfermedades o los traumatismos.
También describió cómo evaluar la fuerza muscular
en un músculo debilitado.
Murió el 16 de octubre de 1793, víctima de un infarto,
tras una confl ictiva junta con los directivos del St. George’s
Hospital. Dejó una colección de más de 13.000 piezas anatómicas
de hombres y animales que hoy se conservan en el
College of Surgeons. Sus restos fueron trasladados a la abadía
de Westminster el 28 de marzo de 1859. La placa que marca
su tumba dice: “El Real Colegio de Cirujanos ha colocado
esta placa sobre la tumba de John Hunter para recordar su
admiración por su genio como un intérprete bendecido del
poder divino y su sabiduría sobre el trabajo de las leyes de la
vida orgánica y su agradecida veneración por sus servicios a
la humanidad como el fundador de la cirugía científica”.
Hunter realizó los primeros experimentos controlados
sobre el hueso, y descubrió los fundamentos del crecimiento óseo así como los de su reparación, conceptos hoy vigentes. Es
considerado como el primer investigador en la ortopedia.
Dr. Enrique Vergara Amador
Dr. Enrique Vergara Amador
|