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El concepto de educación ha sido cambiante desde sus
comienzos; sin embargo, es probablemente en los últimos cincuenta
años que ha aumentado la investigación en este campo,
dando como resultado una revolución educativa en la cual se ha
cambiado de protagonista, de metodología, de espacio, y se
ha modifi cado el diseño curricular. Los programas de formación
de ortopedistas deberían girar en el mismo sentido.
El profesor, como actor principal, fue reemplazado por
un discípulo activo que decide, con la guía de su maestro, qué
necesita aprender, en qué fuentes va a buscar la información,
en qué tiempo y horario lo va a hacer, entre otros. De suponer
que el alumno era una botella vacía que debía ser llenada de
conocimiento y habilidad, se pasó a reconocer que existe una
base importante sobre la cual se fundamenta el aprendizaje.
Probablemente el estudiante de posgrado prefi era un acompañamiento
en el camino que le permite estructurar su perfil
profesional.
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De las clases magistrales en las que el poseedor de la verdad
exponía su sabiduría y experticia en un campo (o varios), se ha
avanzado al autoaprendizaje, donde el discípulo explora varias
fuentes (incluyendo a su maestro), y construye su conocimiento.
Además, se han explorado otras técnicas que soportan el aprendizaje.
En general, el plan de estudios de cualquier residencia está
fundamentado en el futuro quehacer del especialista. Aunque no
se dan clases magistrales, tampoco se estimula el autoaprendizaje,
ni siquiera se otorga el tiempo para que el residente estudie,
investigue, en fin, construya su conocimiento.
Los espacios fríos y sobrios se han cambiado por aquellos
que remedan el futuro sitio de desempeño de los profesionales,
y las actividades de formación se parecen a las que se realizarán
durante el desempeño profesional. En los programas de residencia
no cabe duda que el sitio ideal es el hospital, donde se llevan
a cabo todos ellos. Sin embargo, se debe revisar el tiempo que los alumnos pasan en salas de cirugía contra el de la consulta
externa, donde se toman importantes decisiones y conductas
con los pacientes, y donde en general el ortopedista realiza
más del 50% de su ejercicio. Las labores asistenciales priman
sobre las académicas. Obviamente no es posible desconocer la
importancia que las primeras tienen, pero se debe respetar el
tiempo para los seminarios, los clubes de revistas, los talleres, etc.
Se debe crear el espacio para la simulación clínica, la educación
continuada, entre otros.
Cada vez más se utilizan los espacios virtuales, algunos programas
de educación, especialmente de posgrados, se estudian
en su totalidad por Internet. Es imposible asegurarlo, pero es
probable que las residencias sólo tendrán en Internet soporte,
pero no serán virtuales.
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Los currículos se basan en la futura realidad profesional del
alumno, buscando que éste adquiera no solo conocimientos
pertinentes, sino que además se convierta en persona competente,
con habilidades y, sobre todo, con actitudes que lo comprometan
con su sociedad. Sobre esto se debe fundamentar el
plan de estudios de cualquier residencia. Además de poseer la
destreza de operar con tecnología de punta y utilizar implantes
de última generación, el ortopedista colombiano debe ceñirse
a la realidad social, económica y epidemiológica del país. El
plan de estudios debería incluir formación en aspectos éticos,
legales y de salud pública.
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