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Sociedad Colombiana de cirugía ortopédica y traumatología

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editorial


Los errores médicos

La medicina es un arte de probabilidades y una
ciencia de incertidumbres
W.Osler


Ejercemos y practicamos una profesión de alto riesgo en la cual las decisiones muchas veces deben tomarse con rapidez y basadas con alguna frecuencia en informaciones deficientes o en porcentajes estadísticos. Por el otro lado, al no tomar decisiones, los pacientes mueren o se complican. Dependemos de pruebas auxiliares débiles, de procedimientos y consultas que no son perfectos. Basados en nuestras decisiones, realizamos cirugías o tratamientos excelentes, en los que como seres humanos podemos tener éxito o fallar. La medicina y la cirugía raras veces tienen reglas que no tengan excepción, la inhabilidad no es factible. El mejor médico no es el que más sabe sino el que menos se equivoca, y seguiremos presentando complicaciones a pesar de informar honestamente a nuestros pacientes sobre sus posibilidades. No hay ley ni seguro ni acción que pueda eliminar el riesgo del acto médico, ni siquiera cuando éste es ejercido por la persona más calificada, actualizada, diestra y hábil.

Las fallas son de dos tipos: las activas y las latentes. Las primeras son aquellas que dependen de las personas, por cualquiera de las múltiples causas que pueden llevar al ser humano a fallar. Las segundas tienen su origen en los elementos de soporte de los procesos, como el mantenimiento de equipos e instalaciones, las políticas organizacionales etc. Estas fallas latentes en 95% son cometidas por personal bien entrenado.

Sin embargo, las demandas por mala práctica y por errores hospitalarios representan la otra cara del problema. Nos enfrentamos a la administración de justicia, a la sociedad, a los periodistas amarillistas y a los abogados para quienes en medicina todo error es un crimen y quieren utilizar nuestras fallas y errores fuera de contexto para su beneficio y el de la presunta víctima.

Racionalmente nadie puede negarse u oponerse a que los pacientes que hayan sido lesionados por negligencia, imprudencia o impericia deben ser en justicia compensados por el daño y que los médicos que practican su profesión con negligencia o impericia deben perder ese privilegio temporal o permanentemente de acuerdo con el fallo del tribunal de ética médica.

¿Deben confesarse los errores y las complicaciones de nuestro ejercicio profesional? Sí, pero a las instancias adecuadas: auditorias médicas especializadas, revisiones de pacientes, revista de pacientes hospitalizados, comisión de errores…

Si el caso lo justifica, se debe instalar un proceso éticodisciplinario ante el tribunal de ética médica regional como primera instancia fundamental para los derechos de los profesionales, cuando un colega haya sido encontrado culpable de violar alguna de las normas del código de ética médica (ley 23 de 1981) como resultado de los procesos de una auditoría médica adecuada y permanente. No por ello, son merecedores a sentencias públicas ni juicios institucionales sin las adecuadas investigaciones con los debidos procesos a los que tienen derecho.

Sin querer promulgar la impunidad, en un medio tan agresivo como el nuestro, confesar nuestros errores públicamente o al paciente, es un acto peligroso de ingenuidad por las implicaciones que conlleva el ejercicio de la verdad en los estratos judiciales de nuestro país pues equivaldría a fomentar injustificadamente las demandas contra los profesionales de la medicina. Lo importante es tener el valor y el criterio para reparar personalmente los errores.

El criterio se adquiere al lado de un buen maestro y también con el paso del tiempo, si de cada caso extraemos las enseñanzas oportunas.

Cuando el médico no tiene suficiente criterio o maneja inseguridad existe el peligro de caer en la medicina defensiva que consiste en solicitar una serie de exámenes innecesarios con el objeto de defenderse de posibles demandas por negligencia, especialmente en los medios en los cuales se abusa de las demandas por mala práctica.

La utilización de nuevas técnicas y tratamientos se verá notoriamente restringida, a causa de su potencial peligro y consiguiente riesgo de litigio. Estas actitudes encarecen y limitan aún más el ejercicio de la medicina en un medio hospitalario pobre como el nuestro.

Aparte de los errores groseros, que por fortuna son poco frecuentes, existen muchos aspectos alrededor del “error” médico que hacen que sea extremadamente difícil precisar si hubo tal error, por comisión o por omisión. Al no ser la cirugía una ciencia exacta no se puede asegurar que determinada técnica no está bien indicada o realizada.

“Aunque es humano errar, es inhumano no tratar si es posible, de proteger de fallas evitables y peligros a aquellos que confían sus vidas en nuestras manos” (Max Thorek).

La única manera de disminuir el error es construir una política permanente de mejoramiento obligatorio de la actividad médica con la responsabilidad individual del médico y de la institución donde presta sus servicios.

Sin educación no puede haber calidad. Sin calidad no puede haber garantía de vida y salud para los pacientes.

Actualmente se habla mucho de acreditación pero en alusión a edificios y quizás a equipos y pero no del conocimiento, base de la buena atención.

Tiene sentido entonces, desarrollar y estimular programas que minimicen los errores en cada técnica quirúrgica o procedimiento artroscópico en Ortopedia, para crear un medio ambiente más seguro para el cuidado de la salud y el ejercicio profesional.

1 Sobresalen y vale la pena destacar los talleres con prácticas de habilidades psicomotoras que se desarrollan en el seno de nuestra SCCOT, en los cursos de osteosíntesis de la AO y en los programas de entrenamiento de postgrado en Ortopedia con insistencia en la planeación preoperatorio obligatoria.

2 Estimular la recertificación es otro paso para demostrar la actualización de los conceptos que se manejan actualmente en la ortopedia y traumatología colombiana, pero recalcando nuevamente el concepto de realizar siempre una buena historia clínica, en la que queden consignadas todas las eventualidades del tratamiento del paciente, para evitar tergiversaciones de nuestros procedimientos y conductas.

3 La epidemiología clínica es otra herramienta que debemos implementar y utilizar, para hacer nuestra ignorancia más precisa.

4 Aún dentro de condiciones tan precarias del ejercicio profesional, una buena comunicación con el paciente y sus familiares sigue siendo fundamental para disminuir el número de demandas. La información debe ser verdadera, clara, suficiente y en lo posible discutir con el paciente mismo los riesgos y beneficios del acto médico, desde el más sencillo al más complejo, donde la probabilidad de error es un factor que aunque mínimo debe ser considerado.

No es fácil hoy en día mantener una práctica profesional libre de contratiempos y de demandas, en parte porque nos encontramos frente a un modelo de práctica mucho más complejo. Este modelo es ofrecido por un grupo de profesionales a través de un intermediario entre nosotros y el paciente, que reglamenta esa relación al imponer normas, algunas de las cuales se pueden calificar de no éticas porque pueden poner en peligro al paciente al limitarle o demorarle la aprobación de tratamientos y exámenes. Aumentan así las demandas contra el médico y no contra las entidades que lo emplean.

Nuestro primer deber como médicos sigue siendo defender al paciente y no considerarlo como “cliente” si queremos evitar la avalancha de futuras demandas ante las fallas de las EPS.

Jochen Gerstner MD
Director-editor


 

 


  7/Dic/2006

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