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Hospitales universitarios II
Los Hospitales Universitarios siguen muriendo todos los
días, después de una ruinosa crisis. Hasta el momento han
fallecido y con partida de defunción certificada sin derrumbar
sus estructuras, el San Juan de Dios de Bogotá, el “Lorencita
Villegas” de Bogotá, el Universitario de Cartagena,
el pediátrico de Barranquilla, el Universitario San José de
Popayán y el Universitario de Caldas, y siguen en lista otros
como los de Bucaramanga y Cúcuta.
Toda la inversión social y el alto costo académico que
estos centros requirieron durante décadas no se consignaron al
firmar el certificado de defunción de los hospitales que se negaban
a morir a pesar de vivir desahuciados, pero sostenidos
con la fe inquebrantable de las facultades de medicina y sus docentes,
residentes e internos que le daban soporte a su aspecto científico
y ético, sin claudicar en su altura científica ni entregarse
a las fuerzas del mercado.
Antes de ley 100 con la red hospitalaria funcionando, la cobertura llegaba
al 52%. Ahora con varios hospitales universitarios
cerrados, por inviabilidad, no alcanza al 54%.
La ley 100 impactó negativamente el recurso humano en salud generando
grandes conflictos no sólo en la educación
médica sino en el ejercicio profesional que termina disminuyendo
la calidad de la atención de médicos producto de la proliferación
de las 54 facultades de salud sin ningún control con la ley 30;
la pirámide del recurso humano en salud se ensancha todos los
días para la atención del nivel 1, mientras disminuye la
formación de los especialistas para los niveles superiores que
atienden en los hospitales afiliados a los centros universitarios. Mientras
los hospitales universitarios
cierran sus puertas, crece en forma descontrolada el número de
facultades de medicina.
Ya se nota el deterioro de la formación en medicina, producto
del cierre de los hospitales que eran escenarios de práctica para
los estudiantes, que tienen menor capacidad de resolución de problemas
que los que salieron hace 10 años, y ese es un fenómeno
relacionado con la ley 100, que obliga a los hospitales a reestructurar
sus relaciones con las facultades de medicina asegura Ascofame. Por eso
los estudiantes tienen cada vez menos oportunidades de práctica
y las universidades no pueden garantizarle a todos sus estudiantes la
misma formación. El número de hospitales universitarios
es insuficiente ante la proliferación desmedida de programas de
pregrado; los que aún sobreviven lo hacen en un inocultable estado
de atraso tecnológico.
Por el cierre de los escenarios de práctica, se están utilizando
centros que no reúnen las características para una formación
adecuada con pacientes y docentes de una facultad de medicina.
Como causas de este derrumbe se han invocado: el modelo de desarrollo
neoliberal, (¿de qué país habrán copiado
la idea de cerrar hospitales en vez de abrir nuevos?) la intermediación
de las EPS con su implacable auditoria y su sistemática dilatación
de pagos, la corrupción administrativa,
la voracidad insaciable de los sindicatos hospitalarios y sobretodo la
insolidaridad del pueblo colombiano. Ya los hospitales universitarios
que quedan empiezan a evidenciar
rezago progresivo en desarrollo científico, académico,
tecnológico, laboratorios adecuados, recursos bibliográficos
y programas de prevención, promoción, tratamiento y rehabilitación.
La respuesta del ministerio (ahora de protección social) es siempre
la misma desde hace 11 años: Si los hospitales no son autosuficientes,
si no producen, se tienen que cerrar. Eso dicen y repiten los economistas
y salubristas del alto gobierno. Quien no sea fuerte y adaptable desaparecerá del
mercado. Y los técnicos en administración y competitividad
empezaron a reeducar a directores y a jefes de departamento con esos
parámetros.
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